Hay seres que trascienden los siglos, almas que perduran a pesar de las voluntades adversas a la luz del entendimiento y, entre ellas, brilla con luz propia Hipatia, mujer quien, con palabras que no son mías, es considerada como la última estrella que brilló en Alejandría. Esta estrella es una de esas mujeres que, trascendiendo el espacio y el tiempo, entregando incluso sus propias vidas para permanecer en el sendero que sus almas y corazones les trazaban.Publica tus artículos!
Hija de Theón de Alejandría, ilustre filósofo y matemático, quien probablemente supo ver el diamante que tenía en el hogar y decidió ser su maestro, logrando que Hipatia, aun adolescente, fuese reconocida como astrónoma, filósofa y matemática.
Theón quien, aparte del amor que su hija le inspiraba, había visto las capacidades y la proyección que podía tener, quiso hacer de Hipatia un ser humano perfecto. Por ello vigiló muy de cerca la educación de su mente y de su cuerpo. Cuentan sus biógrafos que ella trabajaba teniendo en cuenta los principios de la belleza y la salud mental, que desde muy temprano en la mañana dedicaba varias horas al ejercicio físico, después tomaba baños que la relajaban y le permitían concentrarse durante el día dedicando muchas horas también al estudio de las ciencias, la música y la filosofía.
A Hipatia se le comenzó a llamar entonces la filósofa esta fama trascendió las fronteras de entonces e hizo que estudiantes de distintos puntos de Europa, Asia y África acudiesen a escuchar sus enseñanzas, convirtiendo de este modo su casa en un gran centro intelectual, donde daba cursos privados a gente muy importante de la época.
Después de haber trabajado con su padre en el Museo, viajó a Atenas e Italia. A los 31 años fue directora de esa institución.
Hipatia se convirtió en una de las mejores científicas y filósofas de su época. Esta erudita fue la primera mujer en aportar una contribución notable a las matemáticas, fue autora de unos comentarios sobre “La Aritmética” de Diofante, sobre “Los Cónicos” de Apolonio y sobre los trabajos de astronomía de Tolomeo entre otros, pero su obra desapareció y solamente sabemos de ella por Sinecio de Cirene, quien fuera su alumno y escribiera de ella: “Madre, hermana, maestra, benefactora mía en todo, y todo lo que para mí tiene valor en dichos y hechos”.
Ella fue, como hemos dicho, la última estrella que brilló en Alejandría, aunque nos legó su ejemplo de una vida entregada a una causa noble. Supo mantener viva la llama de la sabiduría, impulsando a hombres y mujeres de su época a conocer el sentido profundo de sus vidas. Aunque los vientos soplaron en contra, ella se mantuvo firme, cumpliendo con una misión que consideró sagrada y supo transmitir esa tradición que, inspirada desde el fondo de los tiempos y por lo más alto, van recogiendo los filósofos, aquellos que reconocen a Dios en los más pequeños detalles, descubriendo poco a poco las respuestas a las grandes preguntas, las que nos llevan a conocer la raíz última de toda forma de vida.
Hipatia nos dejó una huella de fuego en el corazón y esa huella se imprimió con el calor del entusiasmo para avivar la llama de la filosofía.
En nuestras vidas de mujeres del siglo XXI, personajes como éste nos inspiran y empujan a seguir en esa búsqueda en la que, cómo seres humanos, nos encontramos todos/as y que consiste en vivir con y por un propósito de vida. Es también haciéndonos preguntas de calidad que nuestra vida toma un rumbo, permitiéndonos descubrir esa voz interior que nos dice qué hacer y qué camino tomar. Aprendemos a tomar decisiones y a dirigir el rumbo de nuestra vida porque, al estar conectados con nuestro verdadero ser, es nuestra alma que habita dentro de nosotros la que nos habla.
No hay imposibles cuando perseguimos un sueño porque ese sueño somos nosotras mismas y el precio que se pague por ello es nuestra propia realización. Hipatia fue incomprendida por aquellos que se creían dueños de una verdad y no pudieron ver su luz; sin embargo ella siguió irradiándola hasta el último momento y hoy sigue estando entre nosotras como mensajera de luz y de sabiduría.
Este miembro prominente de la Tradición Hermética dejó de brillar con luz propia en el 415 d.C. cuando un día, al salir de casa, cayó en manos de una turba fanática de feligreses cristianos seguidores del obispo “san” Cirilo. La sacaron del carruaje donde viajaba, le rompieron los vestidos y armados con conchas marinas, la desollaron arrancándole la carne de los huesos.
Sus restos fueron quemados y sus obras destruidas, pero su luz sigue hasta nuestros días como ejemplo de una mujer, como tantas otras, que nos demuestra con su propia vida que perseguir un sueño y vivir su destino no tiene final porque, queramos o no, mujeres así trascienden a través de los tiempos para enseñarnos a amar nuestra vida y seguir nuestro propósito. Quienes asesinaron a Hipatia asesinaron a una mujer, a una matemática, astrónoma y filósofa, a la primera en la historia y a la más notable de su época, pero no pudieron asesinar el pensamiento filosófico y matemático griego… quienes apagaron esa luz no supieron, porque no tuvieron el alcance para saberlo, que esa luz trascendería el tiempo para iluminarnos hasta nuestros días.
Carmen Yates
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