Anónimo : Intentar describir la vida en Rio de Janeiro, no desde una visión desesperanzadora no es una tarea fácil. Desde este espacio comparto mi sentir en este hermoso pais que he adopatdo como mio. En mi cotidiano con Mujeres Empreendedoras vivo y siento la esperanza de todas y todos por un espacio mejor.
La otra cara de Rio de Janeiro aparece hoy en todos los periódicos del mundo, no es la cara del samba, del fútbol o de las playas hermosas con sus mulatas de caderas seductoras. Es la cara de la violencia que nos enfrenta a una realidad que no hay como ocultar.
Llegué en 1996 a Rio un primero de enero, un día de lluvia tropical con duración de cuarenta y ocho horas, una vez repuesta de la inclemencia del clima en verano propuse salir de la casa donde nos hospedábamos en Santa Teresa para conocer y sentir la ciudad. Salimos del garaje con mucha dificultad (el carro patinaba en un espacio muy estrecho entre la puerta del garaje y la calle) y muy rápidamente nos dimos cuenta de la presencia de jóvenes armados con fusiles de ultima generación a pocos metros de donde estábamos. Emergencia es emergencia así que decidimos pedir ayuda a estos jóvenes para salir de la situación. Con señales nos fue dicho que no podían abandonar su puesto de trabajo de “Olheros” (los que dan un ojo) y gentilmente nos fue encaminada una otra ayuda, así registre mi primera semana en esta ciudad.
Nuestros días en Santa Teresa transcurrieron entre la belleza del paisaje, la risa abierta de nuestra anfitriona, los disparos constantes de ametralladoras que retumbaban en la noche y la vista gritante de marcas de balas incrustadas en la pared del comedor.
Ya un tiempo después nos refugiamos en nuestra casa de la Urca, un supuesto remanso de paz en Rio. Allí los miedos cedieron y dieron paso al encanto de la ciudad, encanto que no me alejo ni me aleja hoy de la otra cara de las varias realidades en Rio de Janeiro.
He trabajado y sigo trabajando en lo que aquí se llama áreas de riesgo (comunidades carentes, o políticamente correcto como se dice “comunidades menos favorecidas”). Durante estos años he estado en contacto con moradores, grupos de mujeres, lideres comunitarios y he visto reflejado en sus rostros la imagen del miedo, de la desesperanza pero también el de la alegría y la esperanza, es esta ultima imagen la que me acompaña y me ha hecho llegar a creer de forma pseudo inocente que lo imposible puede ser posible.
Durante todos estos años viviendo como extranjera aquí en Rio he tenido que cargar con la estigmatización de la violencia de mi país, violencia que siempre pretendí en mi discurso con lo cariocas comparar con la realidad brasileña, o mejor, con la realidad del crecimiento no tan silencioso del poder del narco en Rio. Fue en vano.
Durante muchos años escuche comentarios de horror o de asombro cuando decía que la violencia que yo veía aquí la reconocía porque la había vivido en Colombia y durante muchos años tuve que "argumentar" que mis comentarios no eran defensivos y eran si, el resultado de mi experiencia de trabajo en comunidades, poco a poco veía con preocupación que la “narco-violencia” no era exclusiva de los Colombianos, los Bolivianos o los Mejicanos, en Brasil ya era pan de cada día.
Hace mucho tiempo que la violencia en Rio de Janeiro se mezclo en el cotidiano de esta ciudad de contrastes, de paisajes maravillosos, hace mucho ¿o será desde siempre? que la discriminación y las diferencias socio económicas y culturales se rindieron a los pies del Cristo Redentor, del Pan de Azúcar, de Ipanema, de Copacabana y se propago por la Avenida Brasil, por la Línea Vermelha hasta llegar al suburbio.
Los acontecimentos de este fin de semana en Rio de Janeiro parodiando a nuestro escritor Gabo son “Crónica de una guerra anunciada”. Todos sentíamos y sabíamos que junto con la brisa del mar llegaría el olor de la muerte. La olfateo cada vez cuando salgo muy tarde en la noche de mi consultorio en Copacabana y cuando una vez por semana atravieso en bus la frontera entre la zona sur y norte de la ciudad, mundos partidos, realidad de Rio. Realidad de Cali, Lima, Ciudad de México, Buenos Aires. Realidad de una América Latina que agoniza delante de nuestras miradas impotentes e porque no decir… indiferentes.
Esta tarde al regresar a casa he caminado por las calles de Botafogo. Los trabajadores y estudiantes que viven “al otro lado de la ciudad” se amontonaban en los paraderos de buses esperando ansiosos la llegada de un transporte público, un bus para ser tomado con el corazón apretado por el pánico escondido y suplicante por no caer en fuego cruzado. Otras personas hablaban por celular con sus hijos, maridos, o amigos preguntando si ya estaban en casa.
Respiro hondo mientras me junto a un grupo de personas que miran atónitos en la televisión de un bar los carro-tanques prestados por la Marina entrando en la Villa Cruzeiro, el lugar donde dicen se han refugiado los bandidos de Rio después de las políticas de intervención en las favelas. En las imágenes aparece una camioneta en alta velocidad llena de fugitivos, disparos, más disparos, hombres corriendo como ratas que salen de una alcantarilla.Un hombre a mi lado me mira angustiado y dice “Meu Deus..como é que pode” (Mi Dios…como puede ser), y allí me doy cuenta que hace algunas noches pase por el mismo bar, todos reían, tomaban cerveza y celebraban la victoria del equipo de fútbol Fluminense. Sigo mi camino y pienso en “nuestra gente”, la gente que acompañamos desde hace un año en un proyecto de Desarrollo Local en Belford Roxo, allí talvez sea uno de los lugares donde con toda seguridad iran los bandidos después de esta nueva “ocupación”.
Rio 40 grados, purgatorio de la belleza y el caos, así canta Fernanda Abreu y así lo defino yo, no desde un sentir ajeno o extraño y si desde un sentir definido por la convivencia y el conocimiento de un Rio de Janeiro que para mi va más allá de sus atractivos turísticos. Intento descubrir si tengo miedo de vivir en esta ciudad, no lo sé, ya tuve que salir huyendo embarazada con una barriga de casi nueve meses de un supermercado en Bogotá por falsa alarma de bomba en los tiempos de Pablo Escobar y fui violentamente asaltada en Tegucigalpa, sólo sé que esta tarde al llegar a casa he buscado un refugio y un conforto y he llamado a una amiga para preguntar donde esta.
Oscureció en Rio y no sabemos como será mañana así como no se sabe como será mañana en alguna otra gran ciudad. Algunas sirenas suenan en la calle San Clemente, me asomo a mi ventana y esta noche el Cristo Redentor no está.
Luz Marina Gutiérrez
Psicologia, Coaching e Consultoria Organizacional
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