Aunque cuando son pequeños nos parece que ese dia no va a llegar nunca, un dia, los hijos de van... Hay que aceptarlos con esa condición, hay que criarlos con esa idea, hay que asumir esa realidad. Y no es que se vayan... es que la vida se los lleva. Y ya no somos su centro.
Ya no somos propietarios, somos con suerte, sus consejeros.
No dirigimos, aceptamos.
No mandamos, acompañamos.
No proyectamos, respetamos.
Ya necesitan otro amor, otro nido y otras perspectivas.
Ya les crecieron alas y quieren volar.
Ya les crecieron las raíces y maduraron por dentro.
Ya les pasó las borrascas de la adolescencia y tomaron el timón.
Ya miraron de frente la vida y sintieron la llamada, para vivirla por su cuenta.
Ya saben que son capaces de las mayores aventuras, y de la más completa realización.
Y buscarán un amor que los respete, que quiera compartir sin temores ni angustias los altos y bajos de su camino, alguien que les endulce el recorrido y les ayude. Y si esa primera experiencia fue equivocada, tendrán la sabiduría y las fuerzas para soltarlo, así, otro amor les llegará para compartir sus vidas en armonía.
Ya no les caben las raíces en nuestra maceta, ni les basta nuestro abono para nutrirse, ni nuestra agua para saciarse, ni nuestra protección para vivir. Quieren crecer en otra dimensión, desarrollar su personalidad, enfrentar el viento de la vida, al sombro del amor y al rendimiento de sus facultades.
Tienen un camino y quieren explorarlo, tienen alas y quieren abrirlas. Tienen el corazón sensible, la libertad asumida y la pasión a flor de piel.
Y nosotros quedamos atrás...
...pero quedamos adentro.
En el cimiento de su edificio, en la raíz de su árbol, en la corteza de su estructura, en lo profundo de su corazón.
En el abrazo que les damos al despedirse.
En el amor que les mandamos.
En la oración que musitamos.
En la luz que los acompaña.
Nosotros quedamos en su interior para siempre,
aunque cambien de lugar.
(Autor desconocido)