A menudo utilizamos los verbos oír y escuchar como si fuesen sinónimos cuando en realidad designan dos acciones distintas. Oír es un proceso fisiológico pasivo. Escuchar es un proceso activo mucho más complejo que implica, entre otras cosas, atención e interés por nuestro interlocutor/a.
"Una mujer con cierto sobrepeso conduce su coche junto con su hija por un camino de montaña. De repente, se le cruza otro coche conducido por un señor que le grita: ¡Vacas! La señora se indigna al escucharlo, comienza a insultarlo y desarrolla una interesante conversación interna de lo gorda que debe estar para que ese señor le haya gritado eso. De repente toma una curva cerrada y encuentra que el camino está lleno de vacas. Ya es demasiado tarde. No le da tiempo a frenar..."
Esta historia pone de manifiesto uno de los problemas más frecuentes en la comunicación: las distorsiones en la escucha. Nada parece tan sencillo como escuchar. Al fin y al cabo escuchar “es una habilidad natural” –dicen algunos. Si realmente fuese así me pregunto por qué una de las quejas más frecuentes en las relaciones interpersonales es el típico: “¡No me estás escuchando!”.
A menudo utilizamos los verbos oír y escuchar como si fuesen sinónimos cuando en realidad designan dos acciones distintas. Oír es un proceso fisiológico pasivo. Escuchar es un proceso activo mucho más complejo que implica, entre otras cosas, atención e interés por nuestro interlocutor/a.
De vez en cuando sondeo a mis conocidos para saber qué piensan sobre su capacidad de escucha. Sus respuestas no dejan de sorprenderme: la mayoría de las personas pensamos que sabemos escuchar. "Yo escuchar, escucho. Otra cosa es que sepa comunicar" –me dicen. Sin embargo, el espejo del otro suele depararnos alguna que otra sorpresa. El ritmo atropellado y frenético del día a día, las múltiples obligaciones a las que estamos sometidos y las constantes intermitencias en nuestro pensamiento reducen considerablemente la atención que nos dedicamos mútuamente.
Escuchar es probablemente la dimensión más importante de la comunicación. A pesar de ello la escucha ha tenido un papel secundario en las teorías de la comunicación. Ha sido relegada a un segundo plano por su compañera de viaje: la admirada y deseada capacidad oratoria. El modelo clásico en la teoría de la comunicación –el modelo de Shannon– pone el acento en la transmisión de información entre emisor y receptor. Si el emisor articula y emite bien su mensaje, misión cumplida.
Sin embargo, la comunicación es un fenómeno complejo que va mucho más allá de la capacidad de emitir correctamente un mensaje. Expresión efectiva no siempre es igual a comunicación efectiva.
La escucha es un proceso clave. Si no escuchamos, la calidad de nuestras relaciones se resiente. Los padres han de escuchar a sus hijos para entenderlos. Empresarios y comerciantes necesitan escuchar a sus clientes para saber cuáles son sus necesidades. El éxito de una relación afectiva depende de que ambas partes se escuchen y se sientan escuchadas…
Un amigo me dijo hace poco que en la sociedad occidental “saber escuchar es una habilidad que se encuentra en peligro de extinción" y pienso que no andaba nada desencaminado. En esta e-zine os propongo un ejercicio de reflexión sobre la importancia de la escucha y sobre los recursos que tenemos a nuestro alcance para fortalecer esta habilidad.
Deseo que la vuelta al cole os proporcione numerosas oportunidades para escuchar activamente.
Maria Pallarés - Coach Personal
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