Anónimo escribió "El artículo es una denuncia social con cierto tono poético, en el que habla una mujer y madre anónima del tercer mundo, víctima de la pasividad y la indiferencia de los países más ricos. En su cara a cara con la muerte, esta mujer anónima, lejos de rendirse, la desafía a ella y a todos los políticos y burócratas del primer mundo, que son quienes deciden sobre su vida o su muerte desde la comodidad de sus despachos.Publica tus artículos!
Aquí estoy cara a cara con la muerte. Sin lágrimas, sin miedo, con la sangre fría de lo cotidiano. Ha venido con ese aire podrido de tragedia que me corta la cara y los pulmones. Está aquí de nuevo porque no puede con tanta vida. Su avidez de almas no contó con la terrible resistencia de quien no teme su presencia, y mientras se jacta de la ingenuidad que se apoya sobre mi pecho, la desafío a herir este corazón lleno de cicatrices.
No soy una etiqueta más que tú y los tuyos me habéis puesto para hacerme creer a mí, que perdí la fe antes de alcanzarla, que estoy en vuestras oraciones. Refugiada, exiliada…
Soy mujer y madre, y esta vida que sostengo entre mis brazos no es ni será nunca “hijo de la guerra”. Escribís desde vuestras cómodas mesas de despacho el porvenir de lo que no veis sino cómo un objetivo de vuestras políticas eruditas. Mi niño es hijo del amor, y no lograréis arrebatarme lo único que me mantiene con vida cuando tantos caminos conducen a la muerte.
Mi hijo va perdiendo la esperanza al compás de vuestras magnas y eternas resoluciones que nunca lo son, malgastando el último brillo de sus ojos en observar cómo mataron a su hermano, a su compañero de juegos…, a la inocencia. Mientras tú sigues votando y debatiendo, aquellos que te han puesto dónde ahora estás, ponen en las manos de esas vidas truncadas el primer y terrible juguete de guerra. Cuando tus hijos juegan a ella, el mío juega a la vida y la muerte con balas de esas que desgarran carne y almas.
Pero a mí ya no me engañas porque no tengo nada que perder ni que ganar. No me haces falta tú, que decides sobre mí cuando nunca me has visto; que no tienes hijos porque no tienes tiempo. Qué curioso, yo los tengo por esa misma razón, porque no tengo ni tiempo ni espacio, pero me sobran ganas de vivir. Mi casa es un páramo árido lleno de oro negro que tú deseas pero sin abandonar esa casa repleta de flores y plantas que yo ni siquiera sabía que existiesen.
Tal vez si cambiases las etiquetas y mi niño fuese “hijo de la esperanza”, cambiarías el destino de este mundo que también es el tuyo. Si sustituyeses por un día esa cómoda casa modelo primer mundo y vinieses aquí y te toparas con mis ojos y con los otros pares de miles con nombre, te olvidarías de ese motor económico que mueve el mundo y que tú disfrazas de correcta política.
En tu rancho apartado tomas decisiones que consideras irrelevantes porque a ti no te afectan. Al fin y al cabo nada nos une en este mundo dividido en dos que perdió el justo medio entre tanta polaridad. Qué más da que seamos hijos del mismo Dios, cómo dicta tu religión; que seamos iguales ante esa ley que serías capaz de defender con tu vida cuándo ni siquiera comprendes su significado. Lo único que te mueve es ese miedo que a mí me arrebataron a la fuerza y que tú conviertes en odio.
Seguiré luchando y no lo haré por ti, ni por mí. Lo haré para que mi hijo conserve y alimente su esperanza con la ayuda del tuyo y tengan así la oportunidad de ser felices en un mundo único, cómo en el principio de los siglos.
Elena Muñoz García
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